Desde Mi Cielo | страница 20




El distrito del colegio sometió a todos los alumnos a unos tests para decidir quién tenía talento y quién no. A mí me gustaba insinuar a Lindsey que su pelo me sacaba mucho más de quicio que mi estatus de tonta. Las dos habíamos nacido con abundante pelo rubio, pero a mí enseguida se me había caído para ser reemplazado, muy a mi pesar, por una mata de color castaño desvaído. Lindsey, en cambio, había conservado el suyo y alcanzado así una especie de posición mítica. Era la única rubia de verdad de la familia.

Pero una vez seleccionada como talentosa, se había visto obligada a vivir de acuerdo con el adjetivo. Se encerró en su dormitorio y leyó gruesos libros. Así, mientras yo estaba con ¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret, ella leía Resistencia, rebelión y muerte, de Camus. Es posible que no entendiera casi nada, pero lo llevaba consigo a todas partes, y con ello logró que la gente -incluidos los profesores- empezara a dejarla tranquila.

– Lo que quiero decir, Lindsey, es que todos echamos de menos a Susie -dijo el señor Caden.

Ella no respondió.

– Era muy brillante -tanteó él.

Ella le sostuvo la mirada sin comprender.

– Ahora recae sobre ti. -No tenía ni idea de qué decía, pero le pareció que hacer una pausa podía dar a entender que estaba yendo a alguna parte-. Ahora eres la única chica Salmón.

Nada.

– ¿Sabes quién ha venido a verme esta mañana? -El señor Caden se había reservado su gran final, que estaba seguro de que funcionaría-. El señor Dewitt. Se está planteando entrenar un equipo de chicas. Toda la idea gira en torno a ti. Ha visto lo buena que eres, con tantas posibilidades como los chicos, y cree que otras chicas podrían apuntarse si tú das el primer paso. ¿Qué dices?

El corazón de mi hermana se cerró como un puño.

– Digo que resultaría muy duro jugar al fútbol en un campo que está a seis metros de donde se supone que asesinaron a mi hermana.

¡Gol!

El señor Caden abrió la boca y la miró fijamente.

– ¿Algo más? -preguntó Lindsey.

– No, yo… -El señor Caden volvió a tenderle una mano. Seguía habiendo un cabo… un deseo de comprender-. Quiero que sepas lo mucho que lo sentimos todos -dijo.

– Llego tarde a la primera clase -dijo ella.

En ese momento me recordó a un personaje de las películas del Oeste que entusiasmaban a mi padre y que veíamos juntos por la televisión entrada la noche. Siempre había un hombre que, después de disparar su pistola, se la llevaba a los labios y soplaba en el orificio.